Cuando yo era chica les pegaba violentamente a los niños que me molestaban. Una vez fui capaz de pegarle a mi hermano, que era mucho más alto que yo. La reprenda de vuelta fue peor que el golpe, pero nunca me sentí tan valiente como cuando me acerqué a él, y aun sabiendo que después me iba a ir peor, le pegué. Salí corriendo. Me imagino que lo acusé con mi papá, como siempre. Pero él me lo regresó. Aunque no importaba, haber estado a la altura del más grande me hizo fuerte. La violencia siempre me ha parecido necesaria. Dicen que no es moral. Las ciudades-Estado están marcadas por la fundación de la ley que prohíbe ejercer violencia por propia mano. Esto implica que es otro el que ejerce justicia. Pero en un país como México no se puede pedir que el Estado ejerza justicia, sobre todo si el que necesita de ella es el violentado por doble partida. Es decir, si vas a decir que te violentaron, después acabas en la cárcel. Entonces, ¿qué hacer con la violencia que uno guarda dentro? Sacarla. Con saña y con sangre. La violencia del territorio donde vivo no es gratuita, no es que los bárbaros salgan a hacer daño porque quieren. Es porque se defienden. Es porque es la forma en la que ven la posibilidad de sobrevivir. Si nadie nos defiende, nos tenemos que defender nosotros mismos. Tengo amigos violentos. En su voz, en su forma de hacer. Tengo amigas violentadas, rotas, amargadas. Trabajo con mujeres y hombres que han sufrido violencia toda su vida. La violencia es pura sangre que hierve, es cólera, es tener que hacer algo con ello.